Yo no me sorprendo de que los partidos políticos españoles y, en general, los del maravilloso mundo «democrático», sigan obteniendo millones de votos pase lo que pase.Al fin y al cabo, parece que hemos convertido las elecciones en una especie de ritual religioso: cada 4 años depositamos una papeleta con la esperanza de que esta vez, por alguna misteriosa razón, el resultado vaya a ser diferente.Pero hay una parte de la población que ya ha llegado a otra conclusión: ha dejado de votar, no porque no le importe la política, sino precisamente porque ha entendido cómo funciona. Ha llegado a la conclusión de que vote a quien vote y gane quien gane, las cosas esenciales apenas cambian.Y ahí aparece la gran paradoja: mientras unos han llegado a la resignación y han dejado de participar, los partidos siguen alimentándose de los votos de sus hooligans y de sus pesebreros; de quienes votan a unas siglas como quien anima a su equipo de fútbol, haga lo que haga, y de quienes tienen algún interés personal, profesional o económico en que el sistema siga funcionando como hasta ahora.Y así, elección tras elección, los partidos pueden permitirse prácticamente cualquier cosa porque siempre tienen una base electoral suficientemente fiel que los va a defender.El guion, además, suele ser bastante previsible:Más deuda pública.Más impuestos.Más corrupción.Peores servicios públicos.Y, sobre todo, más y más instituciones ocupadas por las «metástasis» de los partidos: afiliados, militantes, cargos de confianza, amigos, familiares y toda una legión de personas cuya principal virtud parece ser conocer a la persona adecuada y saber lamer, con entusiasmo y dedicación, el culo de sus superiores de partido.Y después de las elecciones nos pasamos cuatro años discutiendo si la culpa es de los rojos, de los fachas (palabra que, por cierto, parece estar otra vez de moda), de los verdes o de quienes necesitan convertir hasta el lenguaje en una trinchera política: niños, niñas y niñes incluidos.Eso sí: cuando llegan las siguientes elecciones, volvemos disciplinadamente a las urnas, elegimos entre los mismos de siempre y esperamos, con una fe admirable, que esta vez ocurra algo distinto.Quizá el problema no sea que los políticos nos engañen.Quizá el problema sea que unos están demasiado interesados en que nada cambie, mientras que otros ya han perdido la esperanza de que votar pueda cambiar algo.Y mientras tanto, la rueda sigue girando: otra elección, otra vuelta y otra vez a empezar.Rien ne va plus.P. D.: Perdonad el tostón, pero es que todo lo que está pasando últimamente ya clama al cielo. Y llega un momento en que uno ya no sabe si reír, llorar o directamente pedir otra papeleta… para tirarla a la basura.