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La crisis financiera griega se agravó durante este pasado fin de semana tras la falta de acuerdo entre el Gobierno heleno y las «instituciones» que le proporcionan ayuda financiera (la Comisión Europea, el FMI y el BCE), cuyas negociaciones se interrumpieron después de tan solo 45 minutos. Los representantes del FMI ya se habían levantado de la mesa de negociación a comienzos de semana, alegando como motivo que Grecia y la institución no habían logrado acercar posturas. Los mercados centran ahora su atención en la reunión de los ministros de finanzas de la zona euro, que tiene lugar hoy. Para algunos dirigentes de la EU y el BCE, esta reunión reviste una importancia decisiva, pues podría conllevar que el país heleno incurriera en el impago de su deuda y que, con probabilidad, abandonara la unión monetaria.

El concepto de «Grexit» no es ninguna novedad y, hasta el momento, los mercados han desestimado en gran medida la posibilidad de un empeoramiento de la crisis financiera, creyendo que, de un modo u otro, se lograría alguna suerte de compromiso o «remiendo». Ahora parece que Europa se está preparando para lo peor, y se rumorea que el BCE prepara medidas de contingencia en caso de que Grecia abandonara la zona euro. La incertidumbre ha generado un clima de aversión al riesgo en los mercados y, en consecuencia, los rendimientos de la deuda periférica han repuntado y los valores de deuda pública estadounidense y británica se han beneficiado de la búsqueda de refugios seguros.

Resulta complicado prever lo que ocurrirá en el futuro, ya que la situación cambia cada día e, incluso, cada hora. No obstante, lo que sí está claro es que no puede descartarse cualquier tipo de impago griego. Nuestros análisis sugieren que, en ausencia de apoyo adicional por parte de las instituciones, el país mediterráneo se quedará sin dinero el 30 de junio o incluso antes. En este punto, Grecia podría verse en dificultades para pagar cualquier prestación o incluso los salarios de los funcionarios, lo que sumiría al país en el caos.

 

Si bien se ha afirmado con frecuencia que la salida de Grecia de la zona euro no beneficiaría a nadie (las consecuencias para los griegos serían devastadoras, y queda claro que la canciller Merkel no está dispuesta a dejar que el proyecto del euro fracase durante su mandato), los sacrificios políticos que se precisan para perfilar un acuerdo se revelan mucho más complicados ahora de lo que fueron en el pasado. Alexis Tsipras, primer ministro griego, está perdiendo a todas luces la credibilidad tanto de las instituciones como de la línea dura de su propio partido, Syriza, si bien reconoce, al mismo tiempo, que a muchos helenos les gustaría permanecer en la zona euro. Mientras tanto, las instituciones carecen de incentivo alguno para claudicar ante las exigencias de Syriza, ya que esto alentaría a los partidos contrarios a la austeridad en Italia y España; de hecho, la mejor forma de reprimir a estos partidos sería permitir que Grecia incurriera en impago, así los demás países aprenderían bien la lección.

Aunque el impago y la salida de la zona euro de Grecia nos llevarían a un terreno inexplorado, cabe recordar que la estructura de la propiedad de la deuda griega ha experimentado una modificación notoria, lo que podría limitar el contagio dentro de la zona euro en su conjunto. Nuestros análisis sugieren que Fondo Europeo de Estabilidad Financiera es el principal tenedor de deuda (47%), seguido de los gobiernos de la zona euro (19%), mientras que el porcentaje de deuda en manos de los inversores privados equivale a un modesto 12%. En otras palabras, si se produjese un impago, el golpe más fuerte se lo llevarían las «instituciones», y no los inversores particulares o los bancos privados. Esta situación es bastante diferente a la de unos cuantos años atrás, cuando algunos de los bancos de inversión europeos cotizados poseían deuda griega y no se hallaban en posición de absorber pérdidas considerables. Si bien los costes directos podrían ahora gestionarse, calibrar el impacto sobre la confianza resulta un tanto más difícil. Sospechamos que la constatación efectiva de la revocabilidad de la zona euro no será simplemente obviada por los mercados, sobre todo en la periferia.

En general, creemos que la opción más sensata sería que las instituciones y Grecia alcanzaran algún tipo de acuerdo antes de finales de junio. Que esto ocurra o no, es otra cuestión. Las instituciones necesitan que Grecia goce de estabilidad, lo que requiere reformas adicionales cuya adopción no despierta las simpatías de los griegos. Puede que el Gobierno heleno tenga que llegar a algún acuerdo con las instituciones (para que el país pueda seguir funcionando) o, al menos, proponer una solución que se vería sometida a plebiscito. La primera opción conlleva una mayor prima de riesgo, y la segunda apunta a una mayor probabilidad de que el país mediterráneo se quede donde está y trague la amarga medicina, dado que muchos griegos quieren mantener el euro. Entretanto, parece probable que Grecia no logre pagar el préstamo del FMI en junio, si bien el BCE esperará seguramente a ver cómo evolucionan los acontecimientos antes de acometer la aplicación de controles de capital.

 

Philip Dicken – Director de Renta Variable European, y Martin Harvey – Gestor de renta fija

 

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