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Mi paisano y amigo Enrique Benito (una de las personas que conoce mejor los entresijos de la ¿unión bancaria?) con el que comparto columna en Cotizalia ha publicado allí el siguiente articulo que creo merece la pena reproducir:

 

El chollo de ser europeo

Estamos asistiendo a momentos históricos en la UE. El recate de Chipre aprobado el lunes, la propuesta inicial y posterior rechazo por parte del parlamento chipriota de imponer una tasa a depósitos asegurados y los recientes controles para evitar más fugas de capital muestran la magnitud de la crisis de confianza que azota a Chipre y a la Eurozona.

En Mayo de 2004, Chipre pasó a formar parte de la UE, generando una oportunidad sin precedentes para los bancos rusos, cuya exposición en la isla se calcula en unos 22.000 millones de dólares.

Gran parte de esta simbiosis se debe a los lazos históricos entre Nicosia y Moscú, ensalzados desde la caída del comunismo. Misha Glenny publicaba recientemente un interesante artículo destacando la importancia de éstos, que incluye clima, mafias, y policía secreta y destacando además la presión que Grecia y Rusia ejercieron para que la isla formara parte del club (FT, Russian cash carries wider risk in Cyprus, 24-03-2013).

Pero, además de razones políticas, no podemos obviar otras causas que tendrían en común la estructura regulatoria de la UE y que harían a Chipre incluso mucho más atractiva.

Primero, Chipre tiene uno de los tipos impositivos más reducidos, tanto en sociedades como en IVA, además de un tratado de doble imposición con Rusia muy atractivo y cuya posible ruptura podría ser inminente, como acaba de anunciar el primer ministro ruso Dmitry Medvedev.

Segundo, hacer negocios con entidades rusas no es sencillo, debido a los requerimientos de due diligence y lavado de dinero, impuestos generalmente desde dentro de la UE. A muchas entidades les es más fácil y seguro negociar con una filial en Chipre y que, además, incorpora el certificado de garantía UE/Euro de serie.

Tercero, la plataforma chipriota permite a las entidades financieras rusas utilizar sus derechos de pasaporte, recogidos en la MiFID, y por los cuales pueden establecer sucursales en cualquier país de la UE a un coste mucho más bajo y sin someterse a la supervisión del país en cuestión. El supervisor del país de origen mantendría la hegemonía sobre la entidad, en este caso el Banco de Chipre y el Cysec. Incluso si la entidad decide establecer filiales en otros países, y que por tanto pasarían a ser supervisadas localmente, éstas sólo necesitan ejercer labores de representación, pudiendo mantener su balance en Chipre.

A pesar de una regulación financiera generalmente homogeneizada en Europa, todavía existen grandes diferencias en cómo las autoridades locales aplican estas reglas y en los procesos supervisores de cada país miembro. Existen, por ejemplo, casos de entidades que mantienen toda su infraestructura y gobierno fuera de la Unión sin ningún control por parte del regulador local.

El caso de Chipre, como tantos otros recientemente conocidos, demuestra que no puede existir una Europa de dos velocidades, no únicamente en el terreno económico, sino especialmente desde el punto de vista regulatorio y supervisor. Ahora más que nunca hace falta una Unión Bancaria, que incorpore no sólo un único sistema supervisor, como se aprobó recientemente, sino también un seguro de depósitos y mecanismos de resolución pan-europeos. Pero una unión de este tipo no favorece ni a los mas poderosos  -demasiado caro-, ni a los menos -demasiado exigente -. Todo este revuelo para terminar con esas soluciones a medias que tanto gustan a Bruselas y que tanto daño están causando. No aprenden.

 
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