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Que la actitud no se negocia es un dicho muy manido en los mentideros futbolísticos cuando se hace referencia al esfuerzo. Seguramente los amantes de este deporte lo habrán escuchado en multitud de ocasiones.

Sin embargo, en este artículo me quiero centrar en el impacto de la actitud en sí misma en nuestros quehaceres diarios sin equipararla al esfuerzo, con el objetivo final de discernir si realmente la actitud puede ser un negocio per se.

La actitud como negocio

En mi opinión lo que nos hace felices, independientemente de las circunstancias que nos rodeen, no es la posición en la que estamos sino la actitud que adoptamos ante ella. Además de aportarnos felicidad, una actitud positiva puede ser una catalizadora cíclica de razonamientos, hechos y resultados. 

Vayamos a la práctica para observar qué podría desencadenar una actitud positiva si la comparásemos con una actitud negativa bajo el mismo escenario. Desarrollaré el supuesto acudiendo al desempeño de un empleado que trabaja como moderador de contenidos en una multinacional dedicada a intermediar en la compra y venta de artículos de segunda mano entre particulares. Cabe destacar que dicho asalariado cuenta con unas cualificaciones muy superiores a las que requiere el cargo que ocupa, pero la crisis le obligó a reciclarse para obtener unos ingresos que le permitiesen sobrevivir. 

Nuestro protagonista se levanta cada mañana a las 06:00 am y se prepara un café solo bien cargado, aderezado con unas gotas de licor de hierbas para alimentar el ímpetu. Lo disfruta mientras lee la prensa extranjera, como Le Monde Diplomatique, porque ser humilde no equivale a ser ignorante. 

Como cada jornada se sube al autobús de las 07:00 am con dirección a su lugar de trabajo. Acostumbra a comportarse amablemente con el conductor del autocar, le sonríe, le pregunta qué tal se encuentra y éste le responde con complicidad. Cede su asiento a la misma anciana que espera cada día en la segunda parada y ella se lo agradece y le desea buena suerte antes de bajarse setecientos metros más adelante.

Al llegar a la oficina se acerca uno a uno a sus compañeros para ver qué tal se encuentran, les da ánimos a los que nota más bajos de moral y ayuda a crear un ambiente en el que reina la empatía y el buen trato. Todo ello a pesar de que el puesto que ocupa es tan monótono que únicamente gracias a su resiliencia e indomable actitud consigue moderar un promedio de quinientos anuncios por hora con la concentración requerida. 

No es muy difícil llegar a la conclusión que ese tipo de actitudes podrían desencadenar un efecto cadena en clave sumatoria.  Si tomamos este axioma como válido y lo extrapolamos a más conductas análogas a las del caballero del licor matutino, probablemente el conductor del autobús aumentaría su rendimiento porque, como es lógico, aprecia que lo respeten y sean amables con él. 

La señora a la que le cede el asiento no sería la única que se bajaría del autobús sabiendo que todavía existen personas con buenos modales y no solo ella se lo transmitiría a sus nietos en clave pedagógica.

Continuando con el efecto cadena, si la mayor parte de los moderadores tuvieran una actitud parecida a la del individuo que he puesto como ejemplo, el ambiente de trabajo sería aún mejor, los integrantes del grupo se sentirían más confortables, más felices y por ende su productividad tendería a crecer. 

Hagamos ahora una simulación en el mismo escenario, pero cambiando la actitud que adopta el protagonista.

Tras levantarse a las 06:00 am, el moderador de contenidos maldice su suerte porque el licor no es suficientemente hercúleo. No disfruta del café en absoluto y lee un periódico de los que cuentan historias para no dormir, dignas de Narciso Ibáñez Serrador. 

Como cada jornada coge el autobús de las 07:00 am con dirección a su lugar de trabajo. Le habla frecuentemente al conductor del autobús con malos modos, porque entiende que el vehículo no cuenta con suficientes plazas y que por ese motivo la anciana que siempre se sube en la segunda parada le quita la visión hacia las hermosas gasolineras que van apareciendo por la carretera. En consecuencia, la anciana no les habla a sus nietos de alguien amable y empático, todo lo contrario, les transmite que ya no queda gente con buenos modales.

Cuando llega a la oficina ni siquiera saluda a sus compañeros y ni mucho menos les pregunta qué tal se encuentran. Es tosco, contesta mal y jura en arameo en contra del trabajo que desempeña porque está muy por debajo de sus cualificaciones. El ambiente empeora y la productividad se reduce a causa de este comportamiento. 

Recurriendo otra vez al efecto cadena, si la mayor parte de las personas tuviesen una actitud parecida a la que muestra el moderador en este segundo escenario, no solo la productividad de quienes las rodean posiblemente decrecería, sino que influirían negativamente en el bienestar de la gente de sus respectivos entornos. En definitiva, nuestra actitud tiene un poder contagioso y esa capacidad de contagio puede ser muy positiva o muy negativa para nosotros mismos y para los demás.

Más allá de lo que he escrito hasta ahora, estoy convencido de que incluso la actitud positiva, por sí misma, puede llegar a ser un gran negocio. Permite que penetremos en círculos insospechados como una consecuencia, no como una acción predeterminada, y eso facilita que terminemos relacionándonos con personas que amplían nuestras posibilidades de negocio. 

Ejemplificando lo escrito en el párrafo anterior, supongamos que el conductor del autobús es amigo de un taxista cuyo mejor cliente es Maximilien de Hoop Cartier, que a su vez está interesado en introducir las bebidas de su compañía en más mercados. 

Resulta que el busero sabe que nuestro moderador de contenidos es experto en comercio internacional y éste a su vez conoce que la anciana a la que cede su asiento a diario es íntima amiga de los propietarios de Hijos de Rivera. La sinergia generada hace que las partes se pongan en contacto con el moderador, al que se le presenta una oportunidad de negocio como intermediario. 

De forma general una actitud positiva nos ayudará a ampliar el círculo de contactos. Sin darnos cuenta estaremos creando un portafolio que al final puede desembocar en que un moderador de contenidos se vea inmerso en una operación de compra venta de oro en el Congo, de bitcoins en Hong Kong o desarrollando el mercado Forex con un bróker como Errante en Chipre. 

Tal como dijo Churchill “La actitud es una pequeña cosa que marca una gran diferencia”. Perdió infinidad de batallas, no obstante, nunca se rindió y ganó la guerra formando parte del bando de los aliados. ¿Cuestión de actitud?

 

Autor: David Ramil Eiriz 30-11-1982 (Chantada-Galicia) 

  • Licenciado en Ciencias Políticas.

  • Graduado en Derecho.

  • Máster en Administación Local. 

  • Postgrado en Comercio Exterior y Marketing Internacional.

  • Business Developer en Errante. 

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